02 septiembre 2009

GADAFI, EL TERRORISTA Y LA ALIANZA DE CIVILIZACIONES...

El libio Gadafi quiere plantar su tienda de beduino en un parque de Nueva York y los estadounidenses están que trinan. Será recibido con pancartas con el calificativo de asesino.

El líder árabe es probablemente hoy el dirigente mundial más detestado en Estados Unidos pero el gobierno de Washington no puede hacer nada para impedir su llegada.
Gadafi acude en septiembre a las sesiones de la ONU en la ciudad de los rascacielos y las autoridades yanquis están obligadas a permitir la estancia en la ciudad, aún con limitaciones en desplazamientos, de los políticos o diplomáticos de cualquier país que pertenezca a la ONU e independientemente de las relaciones, amistosas, tensas o nulas, que Washington tenga con él.
Se han negado a que el libio instale en el famoso Central Park la tienda que lleva en sus desplazamientos, Guedaffi tendrá que hacerlo en una finca que tiene su Embajada en la localidad cercana de Englewood. Allí para desesperación de los residentes, un rabí judío clamaba al cielo, tendrá su show peculiar: tienda de campaña, tres docenas de guardaespaldas femeninos con tacones y fusil ametrallador…
La causa de la cólera de la opinión pública es la sorprendente liberación por las autoridades escocesas y la acogida triunfal en Libia del libio considerado el autor material del atentado terrorista contra el avión que explotó en Escocia y que causó la muerte de 270 personas, entre ellas 189 estadounidenses. Causó estupor que el gobierno autónomo de Escocia amparándose en razones humanitarias, el condenado tiene cáncer terminal, liberase al autor de la barbarie después de cumplir sólo 7 años de los 27 a que fue condenado. El estupor se transformó en ira al ver que el liberado, Magrebi, encontraba un recibimiento triunfal al desembarcar en Trípoli. Llegó con el hijo de Gadafi, el gobierno había fletado autobuses para trasladar gente al aeropuerto y presentado el hecho como «una victoria que ofrecía a todos los libios».
Que el planificador de un hecho que costó la vida de 280 inocentes sea aclamado como un héroe es algo que ha revuelto las tripas de muchos norteamericanos. Es una acogida que asquea, comentaba la prensa yanqui, «tenía que haber vuelto en ataúd» decían familiares de los que perecieron .

El atentado de Lockerbie tuvo serias consecuenias políticas. El régimen de Guedaffi que, en un principio, negó cualquier envolvimiento, fue condenado en la ONU y boicoteado por muchos países. Hace unos seis años, Trípoli asumió indirectamente la autoría cuando aceptó pagar 2,700 millones de dólares a las familias de los asesinados (unos 10 millones por cabeza). Libia volvió al redil internacional, se empezó a comprar su gas sin tapujos, se levantaron las sanciones y Lockerbie empezó a ser sólo un mal recuerdo del que los políticos querían olvidarse. La recepción a Megrabi abre de nuevo heridas.
La decisión de liberarlo no fue propiamente del gobierno británico porque las competencias de justicia están transferidas a Escocia. Por eso, aunque hay sospechas de que en el acto de clemencia han tenido algo que ver los intereses petrolíferos británicos en Libia («cada vez que hablábamos de petróleo», ha dicho un dirigente libio, «poníamos el tema de Magrebi sobre la mesa»), la irritación de la opinión pública anglonorteamericana va más hacia los jerifaltes escoceses. Estos, según bastantes mal pensados, habrían soltado al libio como una muestra de que ellos no dependen de Londres. Sería un botón de muestra de los peligros del nacionalismo enragé. Las autoridades de Edimburgo no desaprovecharían la ocasión de salir en la prensa mundial al margen de lo que diga Londres y no les importa pagar el precio de liberar a un terrorista si ello significa proclamar que ellos no están sometidos a los dictados del Gobierno de Su Majestad. De ser cierta la conclusión, el precedente puede ser nefasto.
«Parodia de la justicia», «burla de los derechos humanos», «mofa de los asesinados»... son muchas de las definiciones aparecidas en la prensa y en las radios a uno y otro lado del Atlántico. También hay reflexiones sobre cómo se puede hacer pelillos a la mar con un régimen no sólo involucrado en el atentado sino que afrenta del modo descrito a hijos y padres de las víctimas. Comprensible, imaginemos que el autor de Atocha, liberado, fuese recibido clamorosamente en Trípoli u otra capital. Sería un golpe a la Alianza de Civilizaciones y nos mesaríamos los cabellos.
Inocencio F. Arias,
embajador de España, es cónsul en Los Ángeles.

No hay comentarios:

Publicar un comentario